Cansado de tus pasos pesados, de arrastrar los pies llenos de llagas, sangrantes, adoloridos por el inclemente camino, vienes al filo del abismo y contemplas con alegría que el final está cerca.
Es solo un paso más, y todo habrá terminado. Un insignificante movimiento de una de tus extremidades inferiores. Ya has dado tantos, que un pequeño paso no hará la diferencia al enorme camino andado. Un camino que fue de todo menos humano. Inclemente, insufrible.
Te detienes por un segundo, sientes la brisa en tu adolorido y agotado rostro. Las últimas gotas de sudor de tu frente vuelan al lado de la bruma solitaria. El aire fresco invade tus pulmones, como un vendaval de gélidas pero fortificantes aguas. Algo de dolor en el pecho, sensación extraña en las narinas. Tragas un poco de saliva, que por estar espesa raspa la agrietada garganta.
Giras la cabeza y, con cierta melancolía miras hacia atrás. Tienes la vaga esperanza de ver a alguien siguiendo tus pasos. Es una sensación extraña, única e irrepetible. Pero dura menos de un suspiro, pues no hay nadie, y el polvo y el viento ya se encargaron de borrar lo que quedaba de tus huellas. Lo aceptas, como tuviste que aceptar todo en este camino. Sabes que nadie más pudo mantener tu ritmo, y mucho menos nadie quiso seguir al ritmo de tus pasos. Bajas la mirada, y nuevamente observas tus lastimados pies, las sangrantes llagas. Nuevamente la pregunta: para qué? Cuál fue el motivo o la razón de todo esto? No lo entiendes ni siquiera ahora, que estás al filo del abismo eterno.
Sonríes por un rato. Giras la cabeza a los lados. No estas solo. Al filo del abismo, así como tú en este momento, hay muchos que también se preparan para el último gran paso. La mayoría de ellos se resiste, se aferra con lo que puede al abismal filo que, poco a poco, se va desmoronando. Tratan de trepar, clavan uñas y dientes al suelo, no quieren irse. Lloran, gimen, a gritos piden una oportunidad más, un último segundo más en la dulce tortura de la vida.
También hay algunos que han logrado construir una especie de tarima, para alargar el tiempo al lado del abismo. Y siguen construyendo mientras les dure el tiempo y el aliento. Igual caen, con todo lo construido, y su caída es lastimera e inmisericorde. Pero hay un pequeño grupo que ha logrado traer a muchos consigo al abismo, y logra mantenerse en el filo, a veces empujando a otros, a veces haciendo que ellos construyan algo que los mantenga "a salvo". Pero es cuestión de tiempo, todos caemos, de una u otra manera.
El abismo final es inevitable. Notas que algunos se apresuran a saltar, antes de haber llegado al filo. No llegan a superar la barrera, y caen cerca al abismo, se lastiman terriblemente, y tienen que esperar que el tiempo corroa el filo, para así poder al fin alejarse de su sufrimiento.
Es hora. Ya fue suficiente. Sin muchas ceremonias, y como quien da un paso más, te entregas al vacío infinito. Sonríes, cierras los ojos, el final, como tu camino, es inesperadamente bello.
Es una forma de iniciar un monólogo interminable sobre el tema tabú de la vida misma: la muerte. La muerte es el paso final para completar el ciclo de nuestras vidas. El concepto mismo de la vida es que nacemos, crecemos y morimos. Es parte del ciclo de la vida el reproducirnos, pero no todos logramos esa hazaña. No todos podemos siquiera crecer, y apenas damos el primer suspiro de la vida, la abandonamos sin haber siquiera sabido con exactitud cual es el sentido de nuestro nacimiento y el de nuestro final deceso. Esclavos del tirano tiempo nos movemos cual marionetas de una alocada comedia, donde el titiritero nos mueve a voluntad y antojo. Corremos alocados, tratando por nuestro espíritu competitivo de ser los primeros en todo: los primeros en partir, los primeros en correr, los primeros en lograr el tan codiciado éxito personal y corporativo. Nos alegramos con nuestros "éxitos", sentimos lástima por aquellos que se quedaron atrás, que no pudieron seguir el ritmo de todo el grupo. O manada? No, ni hablar. Nunca jamás aceptamos que somos más de lo mismo. "Soy diferente, soy exitoso". Nos repetimos una y otra vez, para cerciorarnos que estamos en el camino correcto. Que somos especiales. Que cumplimos un rol fundamental en el plan maestro del mandato divino. Por esa misma razón, vemos con envidia el "éxito" logrado por nuestros congéneres. Tanto, que no podemos soportar que alguien que vino de más abajo en nuestra "pirámide" de vida logre un "éxito de vida" superior al nuestro. Bah, yo en las mismas condiciones y los mismos recursos lo hubiese hecho mejor, y más rápido - solemos repetirnos.
En nuestra loca carrera que llamamos vida, al tratar de mantener el ritmo de la manada, emulando a los líderes y despreciando a los diferentes, nos enfocamos tanto en los roles que el mundo y la sociedad nos han impuesto, que olvidamos el principal motivo de haber nacido: vivir. Olvidamos que lo único completamente seguro es la muerte. Olvidamos que tendremos oscuridad, soledad y silencio para toda la eternidad. La luz, la bulla y la compañía son signos inequívocos de la vida. Aún sabiendo esto, ahuyentamos con ambas manos a nuestros amigos, nos recluimos en nuestras madrigueras, apagamos las luces, evitamos el contacto con la naturaleza, ya que podríamos contagiarnos de alguna enfermedad desagradable.
Bajo esta perspectiva logramos "éxito personal y corporativo ", y nos enorgullecemos de éstos. Buscamos que los nuestros no encuentren los mismos "obstáculos " en su camino de vida, pues ya fue suficiente con los nuestros. Consumimos algún tipo de "droga" para adormecer los sentidos. Drogas yo?! Jamás! Es cierto, no lo reconocemos, pues si la sociedad los acepta, por qué deberíamos nosotros estar en desacuerdo? Hay tantas drogas legales como ilegales, que están ahí para adormecer nuestros miserables cerebros, y hacer de nuestra rutina un camino "más tolerable y menos lastimero '. Y por supuesto, jamás aceptamos eso: que somos manipulados y usados dentro de la quimera del "libre albedrío". Sabemos de antemano que muchas cosas no son tal cual las pintan, pero las aceptamos como verdades absolutas, porque todos en la manada así lo hicieron. Y por supuesto, debemos movernos siempre dentro de los límites de lo "socialmente aceptable" para poder tener "éxito" en la vida. Pobres necios. Esperamos el último aliento para recriminarnos y lamentar por un camino insulso y rutinario, que complació al "mundo entero", pero que en nosotros mismos nos dejó un vacío inmenso.
Hemos escuchado hasta el hartazgo a todos aquellos, que en un último acto de solidaridad humana, nos han dicho, estando en el final lecho, que corrijamos el rumbo, olvidemos los marcos y patrones impuestos por esta cruel e inhumana sociedad materialista y de permanente consumo. No es cierto que debamos acopiar la mayor cantidad de bienes materiales y de dinero para obtener la felicidad en el camino de la vida. Ese no debería ser el fin primordial de nuestro trabajo y de nuestro tiempo. Nos los han repetido tantas veces, que ya estamos acostumbrados a esto, por lo tanto hacemos de oídos sordos a estos repetitivos mensajes, y continuamos en nuestra febril y loca carrera por dinero, fama y reconocimiento. Sabemos de muchos que logrando esto, también lograron inmortalidad, y eso para todos y cada uno de nosotros es muy importante. Mantenernos vivos, aún a costa de nuestro propio sufrimiento. Lo más importante es y será, para los nuestros, el haber dejado una huella imborrable en nuestro camino recorrido. Y que mejor cosa, que dejar un legado eterno. Y ese legado eterno se deja a base de sufrimiento personal y sacrificio de todo nuestro entorno.
"Hay que pisar cabezas". "El más fuerte se alimenta del más débil". "En la vida hay dos tipos de personas: los que llegan primero y los perdedores". Es cierto, hay tantas frases al respecto de esto, que de ellas se han valido escritores y embusteros, para vendernos "milagrosas recetas para el éxito personal". Pero no hay una sola que nos enseñe como enfrentar a la muerte como debe de ser. La muerte, lo único de lo que estamos seguros en esta vida, y lo único que neciamente negamos. Olvidamos que somos especiales, que tenemos un algo especial para compartir, para regalar y heredar: el amor. Ese sentimiento tan extraño y tan común. No lo entendemos, tratamos muchas veces de opacarlo, apagarlo, alejarlo o negarlo. Y, es que, tememos salir lastimados, y peor aun, tememos perder nuestro impulso por seguir corriendo en nuestra alocada rutina de vida. Hemos olvidado tanto el amor en nuestros actos, que lo confundimos con sexo, pasión, misericordia y tantas otras cosas que llegamos a definirlo como el sentimiento que hay entre dos persona, que al final deban casarse y procrear hijos "viviendo felices por siempre" . Y no hay nada mas errado.
No soy quien para juzgar tus actos. Pero déjame decirte una cosa: si no amas, no has vivido. De nada te servirán tus millones, tus preciosos tesoros, joyas, amigos, riqueza, prestigio, éxito o inmortalidad, si al final de tus pasos, no has encontrado la felicidad de amar, y de sentirte amado. De nada te valdrá el "haberlo tenido todo, bueno o malo de este mundo", si al final, al llegar al filo del abismo, no puedas voltear un segundo hacia atrás, y ver que hiciste un buen camino, dejando atrás a los tuyos, libres de tu presencia y tu ausencia, y que dar ese último paso, realmente no te cuesta nada, pues es uno mas de los muchos que ya has dado. Solo entonces la caída será placentera, y podrás entregarte libremente al único y hermoso ciclo de la vida, donde el final de unos, es el inicio de otros, y donde tu amor será transmitido eternamente entre todos aquellos que de verdad aman.
Libérate. Sé feliz por un momento. Es tu vida la que estas viviendo.
"Hay que pisar cabezas". "El más fuerte se alimenta del más débil". "En la vida hay dos tipos de personas: los que llegan primero y los perdedores". Es cierto, hay tantas frases al respecto de esto, que de ellas se han valido escritores y embusteros, para vendernos "milagrosas recetas para el éxito personal". Pero no hay una sola que nos enseñe como enfrentar a la muerte como debe de ser. La muerte, lo único de lo que estamos seguros en esta vida, y lo único que neciamente negamos. Olvidamos que somos especiales, que tenemos un algo especial para compartir, para regalar y heredar: el amor. Ese sentimiento tan extraño y tan común. No lo entendemos, tratamos muchas veces de opacarlo, apagarlo, alejarlo o negarlo. Y, es que, tememos salir lastimados, y peor aun, tememos perder nuestro impulso por seguir corriendo en nuestra alocada rutina de vida. Hemos olvidado tanto el amor en nuestros actos, que lo confundimos con sexo, pasión, misericordia y tantas otras cosas que llegamos a definirlo como el sentimiento que hay entre dos persona, que al final deban casarse y procrear hijos "viviendo felices por siempre" . Y no hay nada mas errado.
No soy quien para juzgar tus actos. Pero déjame decirte una cosa: si no amas, no has vivido. De nada te servirán tus millones, tus preciosos tesoros, joyas, amigos, riqueza, prestigio, éxito o inmortalidad, si al final de tus pasos, no has encontrado la felicidad de amar, y de sentirte amado. De nada te valdrá el "haberlo tenido todo, bueno o malo de este mundo", si al final, al llegar al filo del abismo, no puedas voltear un segundo hacia atrás, y ver que hiciste un buen camino, dejando atrás a los tuyos, libres de tu presencia y tu ausencia, y que dar ese último paso, realmente no te cuesta nada, pues es uno mas de los muchos que ya has dado. Solo entonces la caída será placentera, y podrás entregarte libremente al único y hermoso ciclo de la vida, donde el final de unos, es el inicio de otros, y donde tu amor será transmitido eternamente entre todos aquellos que de verdad aman.
Libérate. Sé feliz por un momento. Es tu vida la que estas viviendo.
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